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  • Mayra

Todo empezó hace exactamente un año

Updated: Jul 14, 2019

El 11 de julio de 2018, hace exactamente un año y un día atrás, tomé una decisión que cambió mi vida. Fue el día que decidí quitarle el pan a una hamburguesa en la hora de almuerzo en el trabajo. No sé qué me llevó a hacer eso. Creo que ya había escuchado muchas veces que los carbohidratos engordaban (y el pan es un carbohidrato) y ya estaba cansada de seguir viendo como subía la báscula lentamente, como me dolían las manos en las mañanas y me sentía extenuada sin ganas de trabajar en las tardes.


10 de marzo, 2018

“Achaques de la vejez” yo me decía, “así es que se siente, de esto es de lo que todos hablan. ¿Pero si me siento así ahora, como me voy a sentir en 20 años?” Ese pensamiento me agobiada.


El mensaje de las tíasabuelas...


En algún lugar en mi cerebro hacía sentido de que el pan engordaba pero mi mente no lo procesaba. Las abuelas y las tíasabuelas nos lo decían, “no comas tanto pan que vas a engordar.”


¿Pero dónde se perdió ese mensaje? ¿Cuándo se nos olvidó que hay comidas buenas y comidas malas, o más bien, comidas que nutren y comidas que tienen una gran capacidad de dañarnos?


Ese mensaje se transformó a “siempre y cuando consumas menos calorías de las que gastas, estarás bien.” A “una caloría es una caloría, sin importar de la calidad de esa caloría.” Nos preocupamos por la calidad de la gasolina que le ponemos a nuestro auto pero no tanto a calidad del combustible que le brindamos a nuestro cuerpo. Entendemos que un combustible barato daña a un carro, pero ¿y qué con lo que le alimentamos a nuestro cuerpo?


Me engañaba pensando que yo llevaba una dieta saludable porque también comía muchas frutas y ensaladas. Merendaba un guineo a mediados de la mañana y un paquetito de manís de 100 calorías en la tarde entre pacientes. Tomaba refresco de dieta. Pero siempre “la dañaba” comiendo frituras o postres en los fines de semana. Y yo estaba segura que eso era peor que comerme la mitad de un sándwich y un sopa en el almuerzo.


Estaba bajo la impresión que si yo tuviese la disciplina de comer avena en las mañanas y cereal integral por las noches todos los días, no estuviese en esta situación. Y no la tenía. Nunca lograba ese cometido porque el hambre o el antojo me vencía. Entonces me comía el cereal y después pecaba con otra cosa más una hora más tarde.


Estaba destinada al fracaso y era mi culpa. Yo me ejercitaba, pero no era consistente. El tiempo, las niñas, los viajes, todos me sacaban de mi frágil rutina. Un desliz y acribillaba el esfuerzo de dos o tres semanas de “trabajo.” Y los días que iba a gimnasio, comía un poco más (porque el ejercicio causa hambre). La fuerza de voluntad para aguantarme no estaba ahí. Además de que el ejercicio me daba fortaleza pero no me ayudaba a llegar a ninguna meta de peso.


Llegué al punto de quiebre



El 11 de julio dije, “Ya. Todo el mundo habla de keto, déjame ver qué pasa.” El primer problema que tuve, ya que fueron muchos, ¿qué es keto? No tenía idea. Le quite el pan a la hamburguesa pero seguramente había algo más.


Llegue a mi casa esa tarde e hice una búsqueda en Google nuevamente. Digo nuevamente porque meses atrás Alex y yo habíamos “googleado” “keto” por curiosidad e inmediatamente descartamos intentarlo ya que eliminar hasta las habichuelas y las frutas de nuestra dieta nos parecía una cosa de locos. “¡¿Y que se supone que comamos?!,” dijimos. No era viable. No podía ser saludable.


Pero en esta ocasión algo encajó en mi cerebro, yo estaba decidida a hacerlo, a seguir las instrucciones al pie de la letra, sin entender NADA. La Medicina (soy dermatóloga) no me dio las herramientas para entenderlo. Pero ya yo no estaba para eso, primero decidí actuar y luego entender.


Seguí las instrucciones y no se lo dije a nadie (ni siquiera a Alex por más o menos dos días —el estaba de viaje y no quería “preocuparlo” con que ahora se me había ocurrido hacer una dieta extrema.) Hice mi comprita con la poca información que había adquirido y me tiré de pecho. Logré en un fin de semana lo que no había logrado en años. Comí rico, no pasé hambre, bajé de peso, me sentí hasta rara porque a mi entender uno se supone que sufra cuando uno hace una dieta, “no pain, no gain.”


El primer ayuno


Hice mi primer ayuno unos días después, fue algo entre planificado y entre falta de tiempo. No hice mi primera comida hasta las 2 de la tarde un viernes después de buscar a mi niñita Maia en su campamento de verano. Tenía una sensación de culpabilidad, como si estuviese haciendo algo ilegal. Me habían alimentado el concepto de que hay que comer ochenta veces al día toda mi vida para estar saludable y no comer hasta las 2pm era como hacer trampa.


En cualquier momento vendría la policia de comida a arrestarme. Me lo quedé en silencio para que no me regañaran o me obligaran a comer. Esto era algo mío y nadie tenía que saberlo...


Me sentí mareada en un momento dado y me pasó por la mente lo estúpido que sería desmayarme teniendo como a 8 restaurantes a una cuadra. Hasta podía imaginarme los susurros de los espectadores mirándome tirada en el piso, “qué loca, le dio un bajón de azúcar, la gente hace lo que sea por rebajar.”


Pero lo poco que tengo de terca me ayudó ese día. Y no me dio un “patatú” como me imaginaba. Llegué a casa y me preparé un plato enorme de brócoli, trocitos de tocineta y queso derretido por encima. Ese suponía ser mi aperitivo. Pero me llené. Y mi cuerpo dijo “para”. Esta vez escuché por primera vez la señal que llevaba años intentando transmitirme.


Después del gran comienzo


Lo demás es historia como dicen. Noté cambios significativos en mi cuerpo y mi nivel de energía y me sorprendí de lo mucho que logré en tan poco tiempo. Me compré y me devoré cualquier artículo y libro que encontré del tema porque no dejaba de asombrarme de las falsedades e inconsistencias que existen en el mundo de la Nutrición.



Y en ese proceso enterré y le guardé luto a la Medicina que aprendí por tantos años y opté por aprenderla de nuevo. Le perdí perdón a tantos pacientes enfermos y sobrepeso por haberlos juzgado por no tener fuerza de voluntad de seguir las instrucciones (totalmente equivocadas) que les brindaban sus doctores y por medicarlos eternamente por condiciones que pudieron ser prevenibles o reversibles en SU TOTALIDAD. Por decirles una y otra vez que su dieta no tenía nada que ver con sus problemas de la piel cuando me preguntaban. Por recetar medicamentos para contrarrestar efectos secundarios de otros medicamentos. Por tapar problemas en vez de resolverlos. Por culpar a las víctimas, en vez de ayudarlas. Por haberles fallado, punto.


7 de junio, 2019

Keto en casa


Ayudé a Alex a aprender porque el estaba hambriento por la verdad también. Y gracias a que no me tildó de loca y me acompañó en mi camino, él logró sus metas también y el dolor que lo incapacitaba misteriosamente se esfumó. Me dijo, “Sabes qué? Llevo tres días sin tomarme la Cymbalta.” Ni nos habíamos dado cuenta.


Fue su idea regar la voz y yo, a pesar de mi timidez, participo porque sé que tenemos una información que vale la pena compartir. Una información que puede cambiar vidas.


Y sí, obviar el pan en mi almuerzo fue un comienzo, sólo un comienzo. Pero por algún lugar se empieza. Keto es mucho más. Es eliminar el azúcar, es eliminar las harinas y los granos, las frutas repletas de azúcar, los jugos, los refrescos, los alimentos procesados, los aceites dañinos, es reemplazar todo eso con comidas reales. Es tanto que no sabemos ni nos imaginamos. Es salud donde no pensábamos encontrarla. Conocer de keto nutricional es sobrevivir en este mundo que nos ha matado poco a poco ya que está, en todo el sentido literal de la palabra, inundado de comida chatarra e información incorrecta.






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